24/02/2026“Es muy importante saber que el pueblo ucraniano no lleva cuatro, sino doce años trabajando en la resistencia”, explica María Mayo, en referencia al conflicto previo en la zona de Crimea, Lugansk y Donetsk. En 2022, hubo una invasión a gran escala, “pero las viudas de guerra de ahora sufren lo mismo que las de antes, los niños desaparecidos y los ataques a la población civil… es igual”.
Cuando aquel 24 de febrero de 2022 Rusia atacó Kiev, las misioneras fueron repatriadas a España.
En aquella ocasión, Obras Misionales Pontificias pudo hablar con ellas según llegaron a Madrid, y compartían con gran dolor su deseo de volver a Kiev. “La embajadora de entonces decía que no podía dejarnos allí, porque nos sentía como a sus madres, y a una madre no se la podía dejar”. Con gran dolor de corazón, estas misioneras tuvieron que cerrar la “Casa de los niños” (en ucraniano “Dim Ditey”), que con tanto cariño habían cuidado desde hacía 25 años años. Regresaron en una peripecia digna de película en la evacuación de la Embajada, acompañadas por unos geos.
Pero lejos de quedarse lamentándose, pronto se pusieron a ayudar a las madres y niños que intentaban salir del país –cerca de 93 familias-: gestionaban grupos de whatsapp, colaboraban con varias ONG, e incluso abrieron uno de los colegios que la congregación tenía en Asturias para darles un refugio. Intentaron regresar a Ucrania en dos ocasiones sin éxito, y finalmente lo consiguieron en marzo de 2023.
“Hay niños a los que no hemos vuelto a ver”Nada más llegar, organizaron un primer encuentro con los padres, para ver cómo podían retomar su misión con los niños. “Fue muy emocionante, lloramos todos de vernos vivos, y ver cómo estábamos… faltaba gente que lógicamente había muerto, hay niños de Bucha e Irpin a los que no hemos vuelto a ver desde la guerra”. Y decidieron celebrar una fiesta para los niños. “Cuando vinieron los niños… es imposible explicar lo que fue aquello”, recuerda emocionada. “Una niña me abrazaba y me decía en español, ‘¡Ay María, muchos días no verte!’”.
Lo que más les sorprendió en su regreso fue ver la actitud de los ucranianos. “No es una guerra en la que estemos de brazos cruzados, es una guerra con vida”, explica esta misionera: cada vez que algo se destruye - tendidos eléctricos, asfalto, ventanas-, pronto intentan reconstruirlo. María recuerda con asombro cómo al ir a arreglar sus papeles, vieron una exposición de un concurso de tulipanes en la calle. “Qué manera de vivir, qué estamos viviendo, pero viviendo de verdad, en medio de una guerra”.
Sin embargo, la vida no es fácil. “La situación es de bombardeos constantes”, explica esta misionera, cuya comunidad ha convertido un semisótano en su refugio, donde van cada vez que hay alerta. “Tenemos aplicaciones en el móvil que nos alertan de la trayectoria de los misiles, drones y bombas, unos minutos antes de que lleguen”. También a través del móvil conocen las horas de luz disponibles. “Tienes que estar pendiente a lo largo del día de muchas de estas cosas”.
Ante esta situación, María Mayo no duda al decir que lo que más necesitan es la oración de todos. “Eso es lo más importante para poder sostener la alegría de cada día”, afirma. “Nunca he sentido miedo, pero a veces sí que te quedas paralizada sin saber qué tienes que hacer o cómo”. Antes de la guerra, asistían a la Casa 140 niños, dos o cuatro veces por semana, ahora es muy irregular, según el frío y los bombardeos, a veces vienen 20 o 30, otros días menos, y un día 2. “Pedimos que con la oración nos ayuden a saber improvisar, a saber estar disponibles”.