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23 mar. 2015

“¿Si no vivo para servir, de que sirve mi vida?”

Blanca Serres y David Guillen son dos jóvenes de Tarragona que participaron en otros Encuentros Misioneros de Jóvenes y ahora están como misioneros laicos en Honduras.



Desde la misión de Honduras nos han hecho llegar este testimonio para compartir con todos los jóvenes participantes en el Encuentro Misionero de Jóvenes 2015.

Hace 3 años, David y yo, tuvimos nuestra primera experiencia de misión. Volamos junto a nuestros compañeros Oscar y Adelaida rumbo a Honduras. Ni nosotros mismos conocíamos mucho sobre el lugar, pero teníamos gran ilusión por conocer de cerca el trabajo que los misioneros realizan allá. Gracias a la Delegación de Jóvenes de Tarragona, nos encontramos cara a cara con esta oportunidad de vivir la Misión.
Tanto David como yo misma, lo encontrabamos una opción remota. Nunca nos habíamos planteado llevar a cabo algo así. Pensábamos que quizás había gente más preparada que nosotros para hacerlo, o que debían aprovecharlo personas que realmente tuvieran claro el proyecto. Yo pensaba que no podía, ni debía, encontrar en otro sitio aquello que podía encontrar en mi entorno. ¿Por qué girar la vista, y levantarla hacia otras realidades cuando en mí día a día ya me encontraba con muchas penas, injusticias y desgracias?
Pero a veces, las cosas suceden y se nos presentan ante nuestros ojos por algo. Así que decidimos arriesgarnos y probar que experiencias nos regalaría este proyecto en la misión hondureña. No hace falta que os explique cómo fue. Porque tres años después hemos decidido volver, y quedarnos un año.

Algo paso allí, pero algo paso también en España, en esos tres años para que tomáramos la decisión. Para nosotros la Misión ha significado ser capaces de sentirnos responsables de todo el mundo. Sé que parece una responsabilidad inabarcable pero ¡nadie dijo que fuera fácil ser cristiano!!.

En Honduras nos encontrarnos frente a una realidad tan impactante y extraordinaria que nos abrió los ojos y el corazón al sufrimiento en el mundo. Nosotros descubrimos tras esta experiencia, que nuestra actitud frente a la vida pasa por intentar identificarnos con el prójimo y con su dolor, sentirnos hermanos en un sentido más amplio y entender que Dios nos legó este mundo para protegerlo, respetarlo y amarlo en su totalidad. Por eso creemos que es necesario que el hombre se sienta en sintonía con cada rincón del mundo, con cada ser humano que es ultrajado o violentado, con el vulnerable, con el que está solo, con el que no ha descubierto que para Dios es hijo predilecto.

Cuando volvimos a España, recibimos el apoyo de la Delegación de Misiones, de otros jóvenes, y también una cálida acogida en nuestra parroquia. Llegamos con mucha fuerza, Honduras nos había puesto en sintonía con lo que de verdad importa, y decidimos que esta fuerza debía traducirse y reflejarse en nuestro trabajo en nuestra comunidad, la Parroquia San Pedro y San Pablo de Tarragona. Y también decidimos que era importante no dejar apagar esa luz y energía que nos había regalado la misión.

El Encuentro Nacional de Jóvenes del que hoy participáis todos vosotros, nos pareció una magnifica propuesta para canalizar todo lo que habíamos vivido. Y así fue, hemos conocido a gente entrañable y entregada, y llevamos en el corazón cada uno de los testimonios que allí escuchamos. Sentimos, en cada encuentro, que estábamos en comunión verdadera. Compartimos mucho, aprendimos a exteriorizar nuestros sentimientos y emociones, y fueron encuentros clave que ir descubriendo que Dios nos pedía un poco más.

Hace un año, David y yo sentimos que debíamos dedicar algo más de tiempo a conocer mejor aquella realidad, y que quizás podríamos apoyar en algunas tareas a los misioneros. También Oscar Millán, nuestro compañero en aquella primera ocasión sintió que debía volver y seguir reconociendo a Cristo en el rostro hondureño. El Obispo de la Diócesis de Trujillo, Lluis Solé i Fa, ha sido para todos nuestro amigo y guía. Tarraconense de nacimiento, lleva más de 43 años de servicio en Honduras, y pronto cumplirá 10 años como obispo de esta diócesis en la que nos encontramos ahora mismo. David ha focalizado su tarea aquí en el ambiente educativo a través de su dedicación a la Escuela de Trujillo, y también en la Pastoral Juvenil, espacios en los que es necesario mucho acompañamiento vocacional, así como el impulso de valores básicos como el de la familia, el compromiso, la responsabilidad, la autoestima, etc. En mi caso, estoy colaborando con la Radio Diocesana, un potente instrumento de educación, concienciación, y evangelización para muchísimas comunidades rurales que viven completamente ajenas a lo que pasa en el mundo por las particularidades del terreno y las dificultades de acceso. Además, también estamos ayudando a impulsar una Pastoral de la Salud eficiente y que pueda enriquecer las habilidades físicas y sociales de los enfermos de aquí.

Honduras es un país inundado por la violencia en todos los sentidos. Hay quien dice, que Honduras no es Irak, pero que podría serlo si así quisiéramos contarlo. Poco se conoce la situación por la que pasa este país, hay poco respeto por la vida en general, sus hombres y mujeres se han acostumbrado a la violencia, al asesinato, al secuestro, a la extorsión. Honduras es un país mula para el narcotráfico, y eso genera una violencia muy visual y cifras muy escandalosas. Hablamos de un estado, que nunca ha tenido una estructura de justicia, ni un sistema educativo, ni sanitario, ni de comunicaciones que funcione correctamente. Hay una media del 70% de evasión fiscal. Un estado incapaz de organizar la vida de sus ciudadanos hace que el crimen tenga un campo abonado en el que crecer.

Por eso, cuando descubres la tarea que la Iglesia tiene aquí, no puedes más que  implicarte y remar desesperadamente en la misma dirección para cambiar esta grave situación social. Los misioneros empujan sin descanso, animan sin descanso, educan sin descanso en colaboración fraterna con los equipos diocesanos, congregaciones, religiosos, religiosas y laicos del país.

Los problemas de estos hermanos nuestros hondureños no tan lejanos, y no deben serlo. Ser cristiano exige un compromiso, y el primer paso es la conmoción ante lo que el hombre es capaz de hacer por odio o por amor. David y yo estamos convencidos de que llegara el momento en que la Civilización del Amor se imponga y este mundo sea más humano. Es nuestra responsabilidad, y en el Encuentros Misioneros de Jóvenes 2014 en los que participamos lo vimos claro, cuando una joven que participaba en el encuentro dijo: “¿Si no vivo para servir, de que sirve mi vida?”

Blanca Serres y David Guillen
Jóvenes de Tarragona ahora en misión en Hondura