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15 feb. 2013

La fe del sacerdote: una fe misionera


A lo largo de todo este curso, en los retiros espirituales impartidos mensualmente a los sacerdotes de nuestra diócesis de Lugo, estamos reflexionando en torno a la fe del presbítero. Una fe que, como la de todo cristiano, tiene su fundamento y raíz en Jesús de Nazaret. Es en Él en quien creemos como Hijo de Dios que ha venido para salvarnos:
  1. Es una fe personal. El sacerdote responde a Jesús personalmente. ¿A quién buscáis? ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Me amas más que estos? Son preguntas que hizo Jesús a distintos personajes en el NT, y que ahora nos las hace a cada uno de nosotros. Y, personalmente, respondemos. Nadie responde por nosotros.
  2. Es una fe eclesial. Es en la Iglesia y para la Iglesia donde respondemos. “Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano” “Yo soy pastor para vosotros, pero soy oveja con vosotros bajo aquel Pastor”, decía san Agustín en dos sermones distintos. Estas palabras del obispo de Hipona pueden resumir, en mi opinión, muy bien dimensión eclesial de la fe.
  3. Es una fe colegial. Formamos colegio y presbiterio. No es algo extrínseco a nosotros, como si fuese una estrategia para una mejor planificación y atención pastoral. Es algo intrínseco y esencial al mismo ministerio.
  4. Y, por último, es una fe misionera. Si la iglesia es, por su propia naturaleza, misionera, tal como afirma el decreto del Vaticano II Ad gentes 2, hemos de afirmar lo mismo de cada uno de sus miembros. El Papa Benedicto XVI, en su mensaje para el DOMUND 2012, nos recuerda que la “misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma de todas las actividades eclesiales”. Y afirma que debemos “adecuar constantemente estilos de vida, planes pastorales y organizaciones diocesanas a esta dimensión fundamental de ser Iglesia, especialmente en este nuestro mundo que cambia de continuo”.
A continuación vamos a reflexionar en torno a esta última dimensión de la fe del sacerdote. No por ser la cuarta es la menos importante, ni tampoco hemos de pensar que es marginal, que aflora ciertos días del año, cuando Obras Misionales Pontificias y la Delegación Diocesana de Misiones vuelven a la carga con una campaña misionera.

Nuestra reflexión a va girar en torno a Mt 5, 13: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”. ¿Qué significa ser sal de la tierra? ¿Cómo podemos ser sal de la tierra?

Vosotros sois la sal de la tierra”
Existe una famosa obra de finales del siglo II y principios del III: la Epístola a Diogneto. Una obra que se presenta como la respuesta a una serie de preguntas que un pagano hace al autor cristiano de la misma.
Los capítulos centrales de la obra son el 5 y el 6. Este último capítulo comienza con un axioma que se ha hecho famoso y ha pasado a la historia de la literatura cristiana: “En una palabra, lo que es el alma en el cuerpo son los cristianos en el mundo”.
¿Qué es lo peculiar de los cristianos? ¿En qué se distinguen del resto de los hombres? Son preguntas a las que pretende responder el autor de la epístola, el cual es consciente que los cristianos tienen una peculiar ciudadanía. Ni la nación, ni la lengua, ni el vestido, ni unas ciudades propias sirven para caracterizar, puesto que en ello no se distinguen de los demás hombres. La peculiar ciudadanía se refiere a la manera de estar en el mundo (cf. capítulo 5).
Habitan en toda patria porque el designio salvador de Dios afecta a toda la creación y se realiza a través de la vida diaria de los cristianos y de su manera de vivir: tienen hijos pero no los abandonan, comparten la mesa pero no la cama, obedecen las leyes pero las superan. Incluso el autor sostiene que la persecución, el desprecio, la ofensa, las torturas o la muerte no pueden ahogar este designio universal de salvación. En medio de las dificultades, los cristianos aman, son vivificados, enriquecen, son glorificados, son justificados, bendicen, honran y hacen el bien. No se desentienden, por tanto, del mundo ni se separan de él. Y, de este modo, son para el mundo lo que el alma es para el cuerpo.
Marrou, el editor de esta obra para Sources Chrétiennes, ha leído el capítulo 6 a la luz de las palabras de Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5, 13). Entiende estas palabras a partir de una prescripción del Levítico: “Sazonarás con sal toda oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios; en todas tus ofrendas ofrecerás sal” (Lev 2, 13). Y concluye Marrou: “Los cristianos serían aquellos por los que la tierra (equivalente al mundo de nuestro texto) llega a ser una ofrenda aceptable a Dios, adquiere la cualidad de oblación sacrificial: su función posee de alguna manera carácter sacerdotal”.
Los cristianos estamos diseminados por todo el mundo por un designio divino que desea su plenitud y cohesión. Una plenitud que le trasciende y que no la puede conseguir por sí mismo, sino gracias al amor y a la misión de los cristianos. Este designio sufre incomprensión, odio y persecución, que no deben apartarnos de la misión asignada por Dios.
Así ha de ser nuestra vida de sacerdotes. Amamos al mundo, deseamos su felicidad y su plenitud. Y nuestra misión es rociar al mundo con la sal de la alianza de Dios para ofrecérselo como ofrenda plena y agradable.
¿Cómo llevar a cabo la misión? ¿Qué significa, en definitiva, salar al mundo con la alianza de Dios? Podemos ver la misión desde cuatro perspectivas distintas: 1) la misión como participación en la misión de Dios; 2) la misión como anuncio de Jesucristo, Salvador universal y de su Reino; 3) la misión como servicio caritativo; 4) la misión como diálogo.
Profundicemos, brevemente, en cada una de estas perspectivas.

La misión como participación en la misión de Dios
De esta constatación arranca el documento Ad gentes del Vaticano II: “La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre” (Ad gentes 2). Hemos de profundizar qué significa que la Iglesia es, por su propia naturaleza, misionera. Y hemos de preguntarnos, una y otra vez, cómo vivirlo.
Somos el cuerpo de Cristo. Hemos de tener su mismo corazón lleno de misericordia. Hemos de contemplar el mundo con la misma mirada de amor de Cristo. Hemos de escuchar como Cristo escuchó los ruegos del ciego y le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Misión significa salir de uno mismo. Significa mirar a Dios, para descubrir cómo es su amor, y, al mismo tiempo, mirar al mundo con amor y misericordia para salvarlo.
Un teólogo llamado, David Bosch, hablando del fundamento trinitario de la misión, concluye: “La misión nace en el corazón de Dios. Dios es una fuente de un amor que envía. Este es el sentido más profundo de la misión. Es imposible penetrar más allá; existe la misión sencillamente porque Dios ama a las personas”. Si queremos que haya misión y que nuestro ministerio sea misión hemos, sencillamente, de amar a las personas.

La misión como anuncio de Jesucristo, Salvador universal, y de su Reino
Juan Pablo II, en la encíclica acerca de la misión Redemptoris misio 11, se pregunta: “¿Por qué la misión?” Y, a continuación, responde: “Porque a nosotros, como a san Pablo, se nos ha concedido la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo (Ef 3, 8)… La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres”.
Hubo quien sostuvo que una de las razones por las que Juan Pablo II escribió esta encíclica fue para oponerse a una cristología, desarrollada por ciertos teólogos, que estaba oscureciendo la noción de la mediación única de Cristo entre Dios y la humanidad. Ciertamente el Papa insiste desde el inicio en que solamente a través de la fe en Jesucristo se puede entender la misión y puede encontrar un fundamento.
San Agustín, cuando comenta el encuentro entre Jesús y la samaritana, sostiene: “Después de haber acogido en el corazón a Cristo Señor, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer esta mujer si no dejar el cántaro y correr a anunciar la buena noticia?”.
La fe es un encuentro vivo entre Jesús y la persona. Tenemos fe porque nos hemos encontrado con el Señor y le hemos abierto las puertas de nuestro corazón y de nuestra vida. Y lo hemos hecho porque sabíamos que en Él está la salvación, porque Él sacia nuestra fe y nuestra esperanza. Pues, ¿cómo no correr a anunciar al mundo esta buena noticia? Hemos de recuperar ese entusiasmo de comunicar la fe. La misión es, ante todo, entusiasmo, alegría, agradecimiento.

La misión como servicio caritativo
Una de las preguntas frecuentes de hoy en día, sobre todo en estos momentos de crisis, es la siguiente: “¿Por qué hemos de ayudar económicamente a los de fuera si aquí hay muchos pobres?”. Independientemente de la respuesta que cada uno queramos dar a esta pregunta que nace del egoísmo, un cristiano no conoce fronteras, ni razas, ni lejanías ni cercanías en su corazón. “No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28). Y “de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo” (Ef 3, 18). Todos somos hermanos en Cristo, los cercanos y los lejanos, y nuestro corazón ha de abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo del mundo.
La fe se vive en la caridad, y, en la medida que abramos nuestro corazón a los más pobres, extendiéndolo más allá de las fronteras físicas de nuestra región, nuestra fe crecerá y nuestras comunidades recuperarán entusiasmo. Por eso, la misión se vive en la solidaridad, y seremos misioneros si somos solidarios sin fronteras.

La misión como diálogo
La última perspectiva de la misión es el diálogo. En un mundo tan plural, el diálogo, incluso el inter-religioso, se hace imprescindible. En la Iglesia hemos de aprender a conjugar esta perspectiva del diálogo con otras religiones al tiempo que afirmamos que Jesucristo es el único Salvador. Este diálogo aún está en ciernes, todavía estamos empezando a aprender.
Por otra parte es difícil, muy difícil, dialogar con serenidad en la sociedad española de hoy. Hemos de ser pacientes, tragarnos nuestro orgullo y rezar. Nunca hemos de dar voces ni ser dictadores. Nuestra respuesta jamás debe ser: “Aquí mando yo y se hace como yo digo”. La misión siempre ha de estar abierta a un diálogo sereno, constructivo y positivo, que ayude a adherirse con más fuerza a Cristo.
En definitiva, nuestra misión es ser sal de la tierra. Hemos de salar al mundo con la alianza de Dios. Y lo hemos de hacer...
... dejándonos empapar por el corazón de Dios, pues somos su cuerpo
... anunciando con entusiasmo su mensaje salvador, ese mensaje que hemos gustado
... abriéndonos a la caridad universal, sin fronteras
... y buscando el diálogo sereno y sincero.
Sólo así podremos vivir esa dimensión misionera de nuestra fe no sólo una vez, dos o tres, a lo sumo, al año, sino como una constante en nuestra vida. Y si vivimos nuestra fe de este modo, podremos empezar a vislumbrar pequeños frutos en nuestra pastoral. Pequeños sí, pero frutos.